Concurso Cuentos MCh30

Apr
7

 

Susana

 

 

            El teléfono sonó una sola vez. Era la clave que había acordado con Susana  para indicar que la siguiente sería su llamada. 

 Lo habían decidido después que Nibaldo, el junior de la empresa, había atendido el anexo de Susana un viernes en la tarde. Ante la ausencia de ella, descolgó el auricular pero le extrañó la falta de respuesta. ¡Aló! – alcanzó a decir pero sólo escuchó el mudo sonido del silencio. – Parece que era número equivocado – le dijo a su compañera de trabajo cuando volvió a su escritorio. Con impostada indiferencia, Susana, quien ejercía un irremediable atractivo en Nibaldo, tanto que no tenía ojos más que para ella, le dijo que no se preocupara, que llamarían otra vez si era preciso.  –Así será – pensó mientras recordaba con rencor los comentarios malintencionados que se escuchaban en relación a los romances, verdaderos o inventados, que se contaban de la musa de sus sueños. Su  llamativa figura, donde destacaban unas caderas firmes, un busto medianamente erguido y unos ojos verdes enmarcados por unas largas y sedosas pestañas, a pesar de los treinta y cinco años recién cumplidos, era la envidia de sus compañeras quienes no dudaban en hablar mal de ella apenas se presentaba la ocasión. Aventuras con algún supervisor, con el contador de la empresa o con el ejecutivo de ventas más destacado eran parte de una fama que ella nunca había buscado pero que sus compañeras habían construido y no podía hacer mucho por cambiar el adverso ambiente laboral.

Nibaldo siguió su camino a través del largo pasillo flanqueado por sombríos cubículos de color café. Tenía que preparar su salida a terreno donde lo esperaban las oficinas bancarias y de cobranza, algunos trámites de sus compañeros y el encargo diario y variado de Susana, que iba desde cigarrillos hasta los pañales para su hijo menor, Benjamín. Esta era su cotidiana labor y tenía su maletín como fiel compañero. La clave de la cerradura contenía los dígitos de la fecha de nacimiento de Tomás, su único hijo. Tras separarse de su esposa quedó a cargo de él. Con mucho sacrificio consiguió criarlo y hoy podía decir, con orgullo, que fue padre y madre al mismo tiempo. Su intención siempre fue encaminar a su hijo por el sendero de la responsabilidad para que consiguiera todo lo que se propusiera. Y lo había logrado. Desde el inicio en la escuela básica, su nivel sobresaliente le permitía ocupar uno de los tres primeros lugares. Así había sido hasta hoy en que cursaba el último año de enseñanza media. Estaba a un paso de egresar, con muchas posibilidades de ganar una beca y, también, muy pronto cumpliría la  mayoría de edad. Y a Nibaldo esta situación le preocupaba. Ya le habían llegado comentarios acerca de una mujer que, varias veces, había llevado a Tomás hasta la puerta de su casa. La información hablaba de un automóvil mediano que era conducido por una dama algo mayor que no ocultaba su afecto por él. Consciente de la inexperiencia de su hijo, sabía que esta relación podría impedir su intención de acceder a la educación superior. Esto le significaría  a Tomás cercenar su futuro a cambio de una aventura que podría ser muy dañina. Ante esta perspectiva, Nibaldo decidió que lo mejor era cortar de raíz esa peligrosa relación.

 

-          Aló.

-    ¿Susana? Soy yo, Tomás…

Apr
7

SAYEN

 

            Terminaba de hacer las compras en el pueblo y el cielo amenazaba con lluvia cuando le avisan a Sayen que su esposo había sido visto comprar un hacha en la Ferretería El Candado y caminar al campo un rato atrás, por lo que se apresuró, enfilando hacia la salida con la intención de que alguien la transportara cerca de su casa antes de que Erasmo llegara a ella y encontrase a sus hijas, Kusisa y Larama, que habían quedado solas e indefensas en medio de los cerros.

 

            Se aprestaba a iniciar la marcha, en los instantes que empiezan a caer los primeros goterones, debiendo improvisar una capa con un saco vacío que portaba para que le cubriera la cabeza y parte de la espalda, cuando la polvareda lejana le hizo detenerse, dejar el cargamento en el suelo, pasarse la mano por su pálido rostro mojado y asustado, pudiendo contemplar, con cierta alegría, que era la camioneta de don Ernesto la que se acercaba y que en la mañana había visto estacionada frente a la Funeraria Olate.

 

-          ¡Suba doña Sayen! – le dice el chofer, indicándole con el dedo pulgar que debía hacerlo atrás, mirando con malicia a don Ernesto.

-          ¡Gracias patroncito! – le responde la empapada mujer, arremangándose la pollera sobre las rodillas para poner uno de sus píes en el parachoques trasero.

-          ¡No se asuste: el cajón va desocupado! – le dice don Ernesto, dándole una mirada de reojo a sus húmedos y fortificados muslos.

-          ¡Gracias patroncito! – le dice, con la cabeza inclinada y bajándose lentamente la pollera que se adhería a sus piernas.

 

            Sayen lo tomó con calma y tras pensar unos instantes, decidió para no seguir mojándose, meterse dentro del ataúd que llevaban al campo como carga junto a unos puerquitos, sin que los fleteros se percataran de ello, que entretenidos, escuchaban por la radio una final de fútbol, llevando un gran alboroto al interior de la cabina.

 

            Lo aburrido y monótono del viaje hizo dormirse a Sayen, sin advertir que más allá, el conductor echaría a otras personas atrás, que se dirigían caminando a Plegarias también y que ese fuera el motivo de la captura cuando los Carabineros la esperaban al exterior de la casa, con sus dos pequeñas hijas detenidas, acusándolas de cuasidelito de homicidio por ocasionar la muerte de su esposo, que era uno de los acarreados y que saltó de la camioneta, matándose instantáneamente, no se sabe, ya que será parte de la investigación, si de un ataque al corazón o del mismo costalazo, al ver que de la urna resucitaba el muerto que llevaba y que estaba personificado, nada menos, que por su propia mujer, a quien odiaba y ese día se aprestaba a matar, en presencia de sus mismas hijas, para que les sirviera de escarmiento.

 

 

FIN

Apr
7

No mires a mi mujer

 

Vamos sentados en el Metro, callados, Ramón (mi esposo) y yo. Enfrente de nosotros hay un joven con la mirada perdida. Parece que me estuviera observando, pero sé que no es así. Sólo está con la mirada en un punto fijo cerca de mí. De pronto, Ramón da una palmada fuerte, que despierta al chico.

 

-          ¡Mírame a mí! – le grita.

 

El joven se ve confundido, como es lógico. Es como un hipnotizado que acaba de salir de trance bruscamente.

 

-          ¿Cómo? – dice.

 

-          ¡Que me mires a mí! – le repite Ramón alterado - ¡Que te quedes conmigo!

 

El joven entonces me mira por primera vez y parece comprender. Yo lo miro y muevo la cabeza como negando ligeramente, quisiera decirle que por favor no le haga caso, que se puede enfurecer y será peor.

 

-          ¡Mírame a mí! – grita Ramón, como si no le hubiera quedado claro al chico y a todos en el vagón del metro, que se mantienen a la expectativa - ¡No mires a mi mujer!

 

-          Tranquilícese, señor – dice el joven sin perder la calma – no he estado mirando a nadie.

 

Entonces Ramón se para y por un instante pienso que le va a pegar. El chico permanece sentado, no le sigue el juego. Ramón no va hacia él sino que se pone delante de mí, como para que no me mire nadie, ni el chico, ni ningún hombre o mujer dentro de ese vagón.

 

Pero tratando de protegerme de las miradas me ha dejado más expuesta que nunca, y siento una terrible necesidad de taparme el rostro. Todos van callados y creo que están tratando de mirarme, de descubrir en mí algún gesto que revele lo que estoy sintiendo ahora.

 

Apr
7

 

 

“P” de Princesa

 

 

                Si algo supo, fue aprender la letra P” de memoria desde que fue a primero básico. La letra “P” fue importante en su vida, porque siempre creyó ser Princesa. Siempre lo creyó, desde chica, pero no porque sus padres o tíos se lo dijeran. No, no, ella se lo hizo creer a sí misma. Ella no pudo ser princesa de sus padres, porque ellos nunca se acordaron de ella, ni siquiera la creían inteligente o bella.

            Llegando a la adolescencia conoció tipejos raros y tipejos mortales. Siempre fueron aduladores de discos que parecían palacios, y ella siguió juegos típicos de la edad. Se inventó nombres y edades. También vomitó en el baño algunas veces. Pero nunca fue princesa de alguno de ellos, porque esos tipejos huyeron en el primer momento con otras.

            Pero no, no. Ella nunca se sintió princesa. Ninguno de los hombres que conoció la hizo sentirse princesa. Ninguno. Ni siquiera él último que fue el primero en realidad. Ese último llamó princesa a todas las anteriores, pero no a ella, a pesar de que ella olvidaba todo y se hacía olvidar también. Ella nunca fue su princesa. Ella sólo parecía un estropajo viejo que corría por el piso a patadas.

Apr
6

No digas nada

“Siniestro delirio amar a una sombra”
Alejandra Pizarnik

 

Todo fue como un sueño, tanto así, que no estoy segura que efectivamente haya sucedido. Podría saberlo preguntando a los demás, pero prefiero no saber.


Esa noche fui a aquel lugar a verte, sólo a verte. Y llegaste, como siempre… tan distante.

Me saludaste y cruzamos, como siempre…algunas palabras sin mayor importancia, los cigarros y el alcohol nos permitían actuar con cierta naturalidad, sabiendo que ya nada es natural entre nosotros.

Mientras mis amigos me hablaban no podía evitar mirarte, tú también, a ratos me mirabas. Luego no puse atención a nadie más. Las conversaciones del resto flotaban en el aire y a mí no me importaba nadie más que tú.

 

Más tarde nos invitaste a todos a tu casa, querías seguir divirtiéndote y ya iban a cerrar. Caminamos,  y yo pensaba en cuánto te gusta la noche. Llegamos y nadie paraba de hablar.

 

De pronto no estabas y te fui a buscar. Te encontré tirado en la cama con la puerta entre abierta. No pregunté nada, sin pensar, y casi por impulso me acosté a tu lado, sin tocarte, sólo a tu lado y me dormí ahí. Aunque no lo creas, no pretendía nada más, quería sentirte cerca, ni siquiera te miraba, me bastaba sentir tu cuerpo junto al mío.

Dormí, hasta que te levantaste a cerrar la puerta.  No supe nada de los demás. Volviste a la cama y sentí el peso de tus manos en mi cintura,  suaves,  lentas, sin urgencia.

Los minutos siguientes me dejé llevar, te besé suavemente, con los ojos entreabiertos. Nos acariciamos largamente. Cada movimiento tardaba más de lo habitual, tocar tu cara era un ejercicio de precisión único. No dijiste nada, yo tampoco. Por miedo a que cualquier conversación me sacara de esa nube tibia y cómoda, me quedé en silencio…

 

Te abracé para no dejar de sentir tu cuerpo, me pegué a ti como si fuera a caer si te soltaba y volví a dormir.

 

Al llegar unos rayos de sol a mi cara desperté. Eran las 9 de la mañana del viernes, lentamente me bajé de la cama y empecé a recolectar mi ropa que estaba por todos lados. Miré tu habitación, estaba algo cambiada. Volví a mirarla para recordar.

 

Cuando ya estaba vestida, me acerqué y con cuidado toqué tu rostro. Te desperté y dije en voz baja: Me voy.

 

Me mirabas mientras te ponías una camisa, bajaste a dejarme a la puerta. Nos dimos un largo beso. Y sin decir nada, salí de ahí antes de escuchar cualquier palabra que pudiera romper aquel instante.

 

 

Apr
5

La Otra

 

A Paula le provoca mucha rabia ver a Ana, porque ella es el recuerdo de su rabia y su pena. Ana tampoco puede evitar sentir pena, pero mezclada con algo de risa, por eso se ríe y en seguida se siente mal por reírse, los nervios siempre la traicionan.

 

-“La mala cueva de encontrarnos siempre”, piensa Ana.

 

Quien sabe porqué, pero estas dos mujeres parecen destinadas a toparse cada tanto en esta maldita ciudad, que a ambas les parece más pequeña cada día. No sólo en el bar, en la calle, por casualidad ¿? Siguen rozando trozos de sus vidas.

 

En cierta forma se parecen, (por eso él se acercó a las dos), frecuentan lugares comunes, ven las mismas películas, comparten gustos literarios y las dos odian saberlo.

 

Ana no puede evitar sentir un dejo de culpa, pero se consuela pensando en que pudo ser cualquier otra. Él la iba a dejar igual, -“porque siempre nos dejan”- los hombres cómo él son así, encantadores, locos, poetas nocturnos que siempre se van.

 

Ana,  baja la mirada y se queda pensando un rato en Paula. Mientras la ve alejarse de la estación Bellas Artes. Paula mira su ipod y trata de concentrarse en la canción de Morrisey.

 

Ha pasado tanto tiempo. Años ya. Y las dos siguen estando ahí, lejos, pero no tanto. Cerca pero a cierta distancia. Los tres lo saben y andan como gatos por la orilla de la pared, pisando suavemente el suelo, para que no escuchen sus pasos, pero todos saben que están ahí.  Se miran de reojo o saludan con apenas un gesto y se van lentamente, lamiéndose las viejas heridas.

 

 

Apr
4

CLASES PARTICULARES

Pucha mi Mami, dale con que tenga clases particulares, como si no tuviera suficiente con el colegio, igual,  mis notan no están tan bien, pero mal tampoco!!! “Que la universidad!”. Puaj!, ya llegó mi profe… al menos, salva y no es un viejo feo con el tufo hediondo.

-          Hola

-          Hola Profe, pase

-          Y la señora Adriana?

-          Mi Mami?  está en su pega, no llega hasta las siete.

-          Ah, bueno….comenzamos?

-          OK?

 

Entre tangentes, ángulos y números,  escucho algo hace que me hace dejar escribir esos jeroglíficos  en el cuaderno…

-          Eres linda

-          ¿Qué? – Que onda! Creo que se me subió toda la sangre a la cara.

-          Que eres muy linda,  lo sabias?- glup! Sonrío sin saber que decir, lo había visto varias veces y es tan mino! Casi instantáneamente su mano se desliza  por mi mejilla.

-          Y tu piel es piel tan suave… lo es la del resto del cuerpo?

Perdón?, es increíble que me pase a mí!, mis amigas no me va a creer!

Me estoy poniendo nerviosa, veo un extraño brillo en sus ojos, todo sucede rápido, su mano sobre mi pierna, bajo el jumper, sube lentamente para recorrer mi muslo…

-          Si, parece que eres toda así de suave.

Me sobresalto, no puedo escapar, no quiero escapar, la aparición de un húmedo calor me distrae.

-          Yo nunca he…

-          Shhhhh! Eres demasiado linda como para dejar escapar este milagro, tu rostro y tu cuerpo… es demasiado…no, no puedo evitar probar este bocado…

-          Pero…

-          Shhhhh, no temas.

Sus manos recorren mis piernas y se detienen entre ellas… que es esa sensación?, el incipiente calor se ha extendido en todo el cuerpo, se apodera de mí,  intento contener la respiración…

De pronto, su boca en mi boca, su lengua mojada aparece entre mis labios, abro mi boca…imito sus movimientos.

Me guía, me quita mi uniforme de niña para descubrir mi uniforme de mujer, se desviste, lo descubro, quieta,  esperando a que continúe con la lección.

-          Solo abandónate en mis brazos mi niña –.

La vergüenza de mi desnudez se había esfumado… ya nada era cuestionado.

Luego, en un impetuoso y arrebatado abrazo nos fundimos en un solo calor, una sola humedad, un dolor me quema y me detiene unos instantes, despacio me dice, el dolor se esfuma y es reemplazado por un infinito éxtasis.

Me escucho con una voz extraña, susurrante, jadeante por el calor y por la respiración ya descontrolada.

Murmullo, gimo, grito: Mas!, Más fuerte!, Así!, sigue!,  Una y otra vez!, Cógeme así, como me gusta… si así!

El destello, el colapso, la muerte y la resurrección en el mismo instante!

-          Sorry, me salí del personaje al final - le digo mientras recuperamos la respiración.

-          No importa amor, estuvo exquisito! Yo te daría el OSCAR a la mejor actriz  y al mejor vestuario y al mejor comité creativo… - le escucho mientras observo una imborrable sonrisa de su rostro.

-          Guau gracias!, y debemos repetir la función, porque esta Avant Premie estuvo de miedo!

-          Por supuesto que lo haermos.

-          Buenas noches cielo.

-          Buenas noches amor, hasta mañana.

Volvemos a dormir en aquella cama nuestra de años, pero esta vez, entre corbatas y jumper.

Apr
2

                                          APRENDER A DESPEDIRSE

 

   Laura lo vio subirse los pantalones y partir sin despedirse. Con todo derecho se sintió ofendida. Mal que mal un rato de amor no se lo daba a cualquiera. Menos a este hombre que había conocido hacía pocas horas, cuando borracha conducía contra el tránsito.    

   Ahora, él desaparecía y pegaba un portazo después de manosearla  a su antojo y vaciarse en ella como si fuera un recipiente en desuso. Definitivamente, no podía aceptar este desprecio. Mucho menos después que estuvo arrodillada y él que entraba y salía de su garganta hasta provocarle arcadas.

  Basta de malos tratos a las mujeres. El infeliz las tenía que pagar. Por eso que se puso esa peluca rubia, cambió su vestuario, retocó el maquillaje y salió en busca de su presa. Seguro que estaría acechando en la misma esquina. La diferencia es que ahora fingiría que estaba ebria y él con su uniforme de policía, nuevamente, la obligaría a detenerse e inevitablemente tendría  que acompañarlo.

  Laura, una vez más, se arrodillaría y cerraría los ojos, pero ahora mordería,  mordería…  Ya faltaba poco.

 

 

 

Apr
2

Museo Vivo

 El día que Martina se enfermó cambió toda mi cosmovisión. Yo siempre fui la que cortó las entradas y jamás siquiera supe bien a que espectáculo venían; o quizá lo imaginaba y por lo mismo prefería mantener la duda. Pero el día que a Martina le dieron un montón de estremecimientos, el mismo en que un “cliente” la había elegido en Internet como cuadro vivo… ese día me tocó conocer el interior de lo que todos llamaban “el museo vivo”.

Doña Gloria, la administradora, quien se movía desesperada y llamaba por teléfono cada cierto rato esperando una respuesta positiva que no llegaba nunca, me pidió dos veces que revisara su correo para saber si una tal Emilia le decía que sí. Entre las cosas que doña Gloria musitaba estaban: no debe ser chica, escuálida o desabrida. A mí me parecía un poco absurdo su rezo, pero permanecía callada.

Me puse a hacer la caja y su circular deambular se me hizo incómodo y desconcentrante y con un enorme temor le dije: ¿podría usted sentarse? Me pone nerviosa.

Me miró y dijo: Sale

-¿Qué? Pregunté asustada, mientras me movía tímidamente de detrás del mesón donde permanecía encerrada cortando entradas.

-Mmm… bastante flaca, bastante atractiva, bastante alta… ¿has trabajado en actos artísticos?

-No, o sea, sí… en realidad alguna vez posé para una clase de pintura.

-¡Excelente! Gritó doña Gloria con un aleteo desmedido. Luego agregó: Estoy segura que te vendría bien que te subieran el sueldo. Me miró como si me quisiera comer, con una mirada lasciva y una sonrisa picaresca.

-Sí

-Perfecto… ¿conoces el museo por dentro?

-No

-Pero sabes lo que ahí pasa

-No estoy segura

-¿Sabes qué pagan cuando pagan “un cuadro vivo”?

-Sospecho

-Por 10 veces tu sueldo… ¿harías de “cuadro vivo”?

Reconozco que hasta último minuto esperaba que la conversación tuviera un giro en 180 grados, pero algo más fuerte que yo no me dejó vacilar y antes que me diera cuenta había respondido que sí.

Fue casi instantáneo, salieron dos muchachos muy amanerados y me llevaron a los camarines, me pidieron que me duchara, luego me maquillaron y me vistieron o mejor dicho, me desvistieron porque mi traje sólo constó de un antifaz y unas mangas de seda muy volátiles.

Sin poder reflexionar, me vi prácticamente colgada a la pared, una pared tibia y blanda de color blanco. Desde ahí imposibilitada de moverme y huir comencé a ver a las demás mujeres en distintas posiciones y los clientes buscando el cuadro con el nombre que habían escogido. Sentí entonces que me corrían las lágrimas y pensé que me iba a ver horrible desnuda, con antifaz y los mocos colgando, en seguida pensé ¿por qué, entre tantas cosas, pensaba algo tan absurdo? Entonces quise en gritar por auxilio, pero en ese mismo instante un hombre dijo: aquí estas y comenzó lentamente a olfatearme, besarme y tocarme apenas con la yema de los dedos.

Me carcomía el asco y sentía como mi piel se hacía inmune a los estímulos, pero la destreza de este individuo pudo más. Él parecía deleitarse con cada detalle de mi cuerpo, jugaba con mis hombros, con mis pezones y mi pelo y se sentía como si lo hiciera todo a la vez.

Mi carne no resistió. Apreté dientes y ojos con toda mi fuerza para no emitir sonido y me aferre a la cuerina de la pared con las uñas, fue entonces que frente a la vista y paciencia de puros desconocidos y en las manos de otro desconocido tuve mi primer orgasmo.

Apr
1

Esa mañana contesté el citófono de mala gana: la noche anterior había desconectado los teléfonos y apagado el computador, en un obvio aviso a toda mi familia, amigos y conocidos que sí quería estar sola, que sí mamá voy a estar bien, sólo necesito llorar y ver películas ñoñas, que no, no te preocupes, que te llamo al mediodía y quizás me anime y vaya contigo a comprarme ropa para sentirme bonita, y mi hermana diciéndole que no es la manera de alegrarme, que mejor me deje sola pasar la pena.

Por eso me pareció extraño que alguien me buscara. Sin embargo, cuando me saludó supe que no podía ser sino el hombre más despistado que alguna vez conociera: Juan Antonio Soriano Camino.

- Hola, ¿cómo estai, puedo subir? – Me preguntó con su forma rápida de hablar.
- ¿Juan Antonio?
- El mismo que viste y calza. ¿Puedo subir?
- ¿Qué haces aquí tan temprano?
- ¿Cómo que temprano? Son las doce del día, mujer por Dios. – Me respondió tratando de hacerse el simpático, cosa que antes le resultaba.
- La hora da lo mismo, para mi es temprano.
- No te pongas mañosa y déjame subir. Te traje un rico almuerzo. Y flores y mi hermosa figura.

Presioné el botón que abre la entrada del edificio y le dejé la puerta del departamento junta, mientras me daba una ducha rápida y me ponía un buzo. Total, era Juan Antonio.

Cuando me aparecí en la cocina ya tenía dos copas de vino servidas y estaba calentando algo en el horno. Me dio un abrazo apretado y me entrego un ramo con mis flores favoritas.

- No es la primera vez que vengo a rescatarte, mijita linda.
- Pero esta vez no es como antes. - Le respondí mientras me sentaba cerca del ventanal.
- ¿Y por qué no?
- Porque he cambiado.
- Yo también he cambiado. Ahora soy un hombre serio. – Me respondió con sorna.
- Te felicito. ¿Lo sabe tu conquista de turno?
- Se llama Clarita y es mi novia.
- Pobre Clarita.
- No te creas. La hago muy feliz.
- ¿Y ella sabe adonde estás ahora?
- Claro que no.
- Lo suponía. – Tomé un sorbo de vino y continué: Juan Antonio, de verdad te agradezco la preocupación ante mi pena, y que trajeras comida rica y el vino. Pero de verdad necesito estar sola y no…

Me respondió con un beso en la boca y me dijo: Vas a ver como te hago olvidar a ese tonto, igual que los anteriores.